Y Henry llegó puntual a la cita…

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Por: German Reynaud Tello

En mi anterior relato te comentaba, querido lector, del viaje que hice al vecino país del norte para encontrarme con Henry… mi segundo nieto. Si me permites unos minutos, te platicaré algunos detalles de la reunión.

Llegamos a la ciudad de Miami cuatro días antes del parto. El reencuentro con mi hija mayor y Sophia, mi nieta, fue de una alegría inenarrable. Vanessa lucía muy hermosa, como siempre, y ya “muy embarazada” como dicen en mi rancho, allá en la norteña ciudad de Hermosillo. Sophia corría por la casa mostrándonos sus muñecas. Desaparecía y regresaba disfrazada de sus personajes favoritos: Elsa, Doctora Juguete, Cenicienta.

En convivir y comer, los días transcurrieron sin sentir. Y se llegó la fecha. Los despertadores sonaron casi de madrugada, había que arreglarse y llegar al hospital a las 7 de la mañana.

Una vez hechos los trámites de registro, asignaron a mi hija la habitación y nosotros esperamos en la recepción mientras ella se instalaba. Mas tarde nos indicaron que ya podíamos pasar, y nos reunimos de nuevo. Después de una breve charla y mil bendiciones, la condujeron al quirófano, acompañada de su esposo.

Mi esposa, mi hija Michelle, mi nieta y yo decidimos ir a la cafetería a desayunar. Yo realmente no tenía hambre, pero pedí un café y un sándwich. Sophia nos invitó a jugar un juego de cartas, lo que me distrajo un poco de mi nerviosismo.

Había olvidado mi teléfono celular en la casa y, viendo que el tiempo transcurría muy lentamente, decidí ir por él. Me monté en la camioneta y conduje lo más rápido posible. Desde luego que no necesitaba el celular para nada, lo que necesitaba era ocuparme de algo. Cuando venía de regreso, a 5 minutos de llegar, sonó mi teléfono. Aunque presentí que eran noticias de mi familia, decidí no distraerme. Aproveché el primer semáforo en alto para abrir el mensaje. ¡Cuál no sería mi sorpresa al activar el video! Era Vanessa besando a Henry, y éste rompiendo en llanto. Sentí que se me nublaba la vista; como pude me recuperé, y llegué al estacionamiento. Corrí al hospital y me encontré a la familia en la recepción. El video había sido enviado por mi yerno… seguían en quirófano.

Respiré más tranquilo y di gracias a Dios desde lo más profundo de mi corazón. Todo estaba bien. Reenvié el video a mis familiares y amigos más cercanos, y empecé a recibir los mensajes de felicitación.

Al fin nos comunicaron que ya estaban en el cuarto. Me arreglé la camisa y caminé hasta el elevador. Pasamos los filtros de rigor y en unos minutos estábamos tocando a la puerta de la habitación. Cuando entramos, la imagen no podría haber sido más perfecta: Vanessa lucía cansada pero feliz, y cobijado en su brazo derecho descansaba Henry. Sophia se zafó de mi mano y se acercó hasta la cama.

Yo sentía que necesitaba una silla. Y en eso estaba cuando llegó una enfermera para revisar al niño. Lo tomó, lo cambió y lo envolvió nuevamente en su sábana de franela, dejándolo convertido en un hermoso “tamal”. Seguramente me vio muy afectado porque me preguntó quién era yo. Cuando supo que era el abuelo (o lo que quedaba de él), amablemente me ofreció al bebé para cargarlo. Yo le dije que sí y busqué un sillón. Una vez instalado, me lo entregó. ¡Al fin se había dado el encuentro para el que me preparé con tanta anticipación! Yo era un remedo de abuelo y, en cambio, Henry lucía espléndido, muy seguro de la situación.

Las semanas posteriores se fueron sin sentir. Inevitablemente se llegó el momento de regresar a casa. Henry se comprometió a devolver la visita… y sé que cumplirá. Antes de que esto ocurra esperamos la llegada de Regina, su prima, y primogénita de mi hijo varón. Si me lo permites lector querido en su momento te platicaré de ese próximo encuentro… si es que llego en condiciones para hacerlo.

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