Mi encuentro con Don Loncho, el brujo sobador

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Por: German Reynaud Tello

Ya te he comentado, querido lector, que en una etapa de mi vida dediqué muchas horas a jugar tenis, estuve a años luz de ser un émulo de Federer, pero luchaba por ganar cada punto. Fui lo que en el ámbito deportivo se conoce como un “frijol de la Conasupo” (malo, pero picado). Todas las mañanas, antes de las seis, llegaba al club y jugaba una hora. Después un vapor, el desayuno y al trabajo.

En una ocasión, mientras jugaba me lastimé una rodilla. Se me entrampó, provocando un severo dolor. Caminar me resultaba difícil. Fui a ver a varios especialistas y coincidieron en que necesitaba cirugía. Compañeros del club me habían advertido del riesgo que conllevaba el someterme a una operación, porque algunos no habían quedado bien. Visité a un fisioterapeuta, quien se empeñó en ayudarme. Todo fue inútil.

Una compañera del club, buena jugadora, me habló de un sobador llamado “Don Loncho”. Me recomendó ir con él, aunque me advirtió que era un tipo especialmente áspero en su trato. “Llévate una toalla pequeña, la vas a necesitar”, añadió. A mí siempre me había dado miedo acudir a esas instancias, pero no viendo por dónde, me armé de valor, me puse mi escapulario de San Caralampio y me fui a verlo.

Había que llegar a eso de las 5 de la mañana porque siempre había fila de gente. Con el ejemplar del diario en una mano y mi toalla en la otra, me senté en la única banca que había en el exterior del “consultorio”: un patio de tierra, unas cuantas plantas, una banca de madera y, al fondo, un cuartito en obra gris. Conforme se acercaba mi turno, me sentía más preocupado. ¿Te has sentido alguna vez así, lector querido?, ocasiones en las que piensas: Todavía estoy a tiempo de salvarme, pero no te mueves. En eso estaba cuando llegó mi turno. Un rechinido me hizo voltear hacia la puerta, muy asoleada y muy llovida. Salió la última “víctima” y, atrás de él, Don Loncho. Era una persona menuda, de aspecto descuidado, la barba crecida de algunos días, cigarrillo en mano. Quién sigue, espetó con desgano. La oportunidad de escapar se me había escapado. Me levanté y lo saludé con cortesía, tratando de entablar una amistad instantánea, de caerle bien, pues. Sin responder, regresó al interior, y yo lo seguí. “El consultorio” era un cuarto quizá de dos por dos metros, paredes de ladrillo, piso de concreto. Era obvio que había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo habían barrido. El humo de cigarrillo lo invadía todo. En comparación, un taller de reparación de llantas a la orilla de la carretera hubiera parecido la casa blanca, la de Peña. No sabiendo qué decir, se me ocurrió apuntar: “Me recomendó con usted la señora Teresa de Gándara.” Su respuesta fue: “¿Y qué le hiciste a la Teresa?” No entendí, pero de inmediato dije: “¡Nada! Ella es compañera de tenis.” “Pues algo le habrás hecho para que te mandara para acá. No sabes la friega que te voy a poner” (estoy usando un eufemismo, por supuesto). Volteé hacia la puerta y me pareció que el cuartucho se había hecho enorme… me imagino que así se habrán sentido Hansel y Gretel en la casa de dulces de la bruja. Demasiado tarde para salir huyendo, pensé. Y ni modo de correr, cuando apenas podía caminar.

“¿Qué te pasa?”, me preguntó. “Me lastimé la rodilla de la pierna derecha, se me entrampa…” Me interrumpió: “Ya cállate, con eso tengo; si te traen en un costal yo te armo.” Y dio una orden: “¡Acuéstate en el piso!” Se me nubló la vista; supongo que así se sentirán las víctimas de “sexual harassment”, de Hollywood. Volteé al piso y alcancé a distinguir un pedazo de trapo que en alguna ocasión había sido un tapete. En ese momento recordé la toalla, la coloqué justo en donde pondría la cara. Tomó mi pie derecho y dobló la pierna una, dos veces, hasta que, en la segunda, el talón tocó el glúteo. Se escuchó un chasquido. “Levántate”, dijo. Obedecí y me di cuenta que el problema estaba resuelto. No lo podía creer. Llevaba meses rengueando, me habían sugerido una operación de varios miles de pesos y, de pronto, todo estaba resuelto. Sonreí inevitablemente. Hubiera querido abrazar a Don Loncho, pero pensé que no era una buena idea.

“¿Cuánto ganas jugando tenis?”, me preguntó. “Nada, al contrario, tengo que pagar el club, pero me gusta”, comenté. “Pues sigue jugando, y si te lastimas vuelve, y te enderezo.” “¿Qué le debo “Don Loncho?” “Cincuenta pesos”, contestó. No recuerdo si le di cien, de haberlos traído en mi cartera le hubiera dado mil… bueno, quinientos. Le agradecí. Me siguió hasta la puerta (decir que me acompañó, sería un exceso de cortesía). La abrió y yo caminé al exterior, feliz de no haber huido. “¿Quién sigue?”, alcancé a escuchar a mi espalda, mientras me dirigía rápidamente al auto.

Recomendé a Don Loncho a cuantos chuecos y lastimados me fui encontrando en el camino. Seguí escuchando relatos de sus increíbles intervenciones. Nunca olvido el caso de un cliente mío, un tipo de 1.90 de estatura, y unos 110 kilos de peso. Tenía semanas tirado en su cama, con un dolor de espalda insoportable, sin encontrar una solución. Un amigo le sugirió ir a ver a Don Loncho, y lo llevó. “Entre cuatro amigos me subieron cargando al auto y me bajaron en el consultorio”, me platicó. “Salí caminando a los diez minutos… un milagro.”

En uno de mis viajes a Hermosillo, un excompañero del club me informó que se había enterado de la muerte de Don Loncho. Coincidimos en que era una pena y una gran pérdida. Supongo que andará enderezando torcidos en las canchas de tenis celestiales. Don Loncho era un brujo… un brujo bueno, que merecería ser santificado.

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