Recibiendo a Regina…

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Dejé a Mague, mi esposa, y a mi hija Michelle en la puerta principal. Mientras estacionaba el auto recibí un mensaje en mi teléfono, indicándome que debería subir al segundo nivel para reunirme con ellas. Al salir del elevador me sorprendió encontrarme de pronto rodeado de animales: elefantes, changos y jirafas formando parte de un entorno selvático, de colores intensos; mapaches, mariposas y tucanes, semiocultos en el follaje de frondosos árboles. Para esa ocasión en particular, yo hubiera preferido un ambiente diferente, más tranquilo: un bosque, una puesta de sol, una playa en calma. Pero la ocasión no se prestaba para quejas, de manera que me senté en el centro de esa “jungla” y empecé a dar sorbos a mi café.

De pronto, de lo más profundo de la selva, apareció un grupo de personas ataviadas de manera peculiar: gorros y tapabocas, pantalones y batas holgadas de color azul fuerte. Caminando apresuradamente, jalaban, rodeándolo, un pequeño carruaje. Tardé en reaccionar, pero pronto identifiqué entre la caravana a mi hijo. Él venía hasta atrás, avanzando con paso firme, como si lo hubiera ensayado con anticipación; era uno más, vestía igual que el resto del grupo, lo que me desconcertó por un momento. Actuaba con el aplomo de quien sabe que está jugando un papel importante en la escena. En ese instante mi mente se aclaró y entendí que esa suerte de “corte celestial” venía escoltando a la más pequeña de mis nietas, que recién había nacido. Apurados, nos acercamos al cristal y seguimos con atención los movimientos del que parecía ser el médico principal. Éste, en un movimiento que percibí un tanto brusco, tomó a la pequeña y la depositó en los brazos de Germán Enrique, mi hijo, el cual, en cuanto se recuperó del impacto, caminó hacia nosotros y nos mostró, lleno de emoción y orgullo, a su primogénita. Por fin, Regina estaba con nosotros.

Toda pequeñita ella, parecía mirarnos con absoluta tranquilidad. Venía semi envuelta en un cobertor de color claro, y un gorro rosa coronaba su neonatal belleza. Mi hijo, aparentando ser dueño de la situación, reflejaba en sus ojos el infinito asombro y la intensidad que sólo un acontecimiento de esa dimensión puede provocar. No sé cómo, pero de pronto reaccioné y alcancé a registrar ese momento irrepetible en mi celular. Antes de que transcurriera un minuto, Germán se retiró nuevamente al fondo del selvático cunero, en donde ya reclamaban la presencia de la niña para hacer los registros de rigor, y colocarla en el tibio interior de la incubadora para regular su temperatura.

Allí permanecimos las siguientes horas, estirando el cuello para tratar de ver, con más detalle, a nuestra nueva nieta, la cual alternaba espacios de tranquilidad y de llanto, en los que puso de manifiesto su carácter y energía.

Después de una larga espera, la niña fue llevada al cuarto en el que ya la esperábamos Quiry y Poncho (sus abuelos maternos), mi esposa y yo, su tía Michelle, y, desde luego, sus papás. Como corresponde, la niña fue depositada en los brazos de su bella y orgullosa mamá. Mientras tomábamos fotografías, los allí presentes esperábamos, con fingida paciencia, el momento de cargar a la bebé.

Por fin, alguien puso a Regina en mis brazos y pude constatar que es tan pequeñita como perfecta. Quisiera tener la capacidad de redacción para describirte ese momento, querido lector. Pero soy un aprendiz de escritor, y hay experiencias que son, de suyo, difíciles de narrar. Si a eso le sumas que, a estas alturas de mi vida, este tipo de emociones me convierten en una suerte de guiñapo, entenderás mi situación y, espero, me sabrás perdonar.

Cuando he tenido la fortuna de presenciar, de manera tan cercana, el milagro de la vida, no he podido menos que maravillarme. Esa experiencia inevitablemente me lleva a reconocer mis límites y a reubicar mi ego; a reclinar la cabeza y agradecer desde lo más profundo de mi alma.

Cerrándolos, trato de disimular la humedad que inevitablemente llega a mis ojos. Mientras te meso, mis pensamientos escapan de la habitación, y puedo verte entrar corriendo a la casa de los abuelos, en donde te estamos esperando con algún postre y los libros de cuentos. Disfruto imaginándote jugando en el parque, volando en los columpios y haciéndome sufrir al subir la escalera del tobogán. Me veo cantándote las canciones infantiles de siempre, y te visualizo quedándote finalmente dormida, recargada en mi hombro, al final de la jornada.

Además de agradecer a Dios a todas horas, todos los días, por el regalo de tu presencia, le pido que me permita vivir muchos años más, para disfrutar en tu compañía.

Te amo, pequeña Regina.

Tu abuelo

 

German Reynaud Tello. Director

Licenciado en Derecho 
Diplomado en Mercadotecnia
Egresado del Kellogg Executive Program, de la Northwestern University
30+ años de experiencia en medios impresos.

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