Y, finalmente, me compré una guitarra…

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Por: Germán Reynaud Tello

En alguna ocasión te comentaba, querido lector, que la música es un factor que influye de manera determinante en mi estado de ánimo; y que me hubiera gustado desarrollar la habilidad para tocar el piano, algo que intenté cuando andaba en mis treinta y algunos años, solo para descubrir que no tenía la capacidad. No pasé de “Los Changuitos”, para que me entiendas.

En la adolescencia aprendí a rascar una guitarra que mi hermano le compró a un compañero de la secundaria, por algo así como 50 pesos. Cuando me reunía con amigos a tocar, me daba cuenta que un artrítico lo hubiera hecho mejor que yo. Cuando me casé, mi esposa me regaló una muy bonita, que desafortunadamente perdí más adelante. Años más tarde un buen amigo me obsequió otra, de buena calidad. Me duró muchos años, hasta que, tras estar guardada por un largo período en su estuche, ¡en el calor de Hermosillo!, el día que quise volver a tocarla la encontré prácticamente “desarticulada”… se despegó toda, truncando así el reinicio de una carrera musical prometedora.

Y así estaban las cosas cuando, a principios de este año, decidí darme otra oportunidad. Se me metió en la cabeza comprar una electroacústica. De vez en cuando me acercaba al departamento de música de la tienda que anduviera visitando, pero no pasaba de allí. Hasta que, en una visita reciente al Palacio de Hierro, me topé con una hermosa guitarra Fender. Me cautivó su calidad, su color tan diferente (un tono de caoba que nunca había visto). Me enamoré de ella y la compré. Era domingo, la subí al auto y largo se me hizo el camino a casa. En cuanto llegué subí a mi oficina y la saqué de su estuche, presumiendo la compra a mi familia. Recordaba haber visto guardadas en la banca del piano mis viejas, muy viejas revistas de “Guitarra fácil”, el método al que recurríamos antaño para aprender a tocar. Las rescaté, aunque de inmediato me golpeó un tufo a papel envejecido que invadió el recinto.

Después de un par de horas de heroicos intentos, terminé con dolor en los dedos de la mano izquierda, en la muñeca de la misma mano, en la cintura (o en donde solía tenerla) así como en cuello y espalda. Todo mi cuerpo había olvidado la posición requerida. Una complicación adicional es que, siendo electroacústica trae cuerdas metálicas, que se convierten en una tortura a la hora de tocar. Pero suena muy bonito.

Deberé insistir hasta que se me desarrolle la callosidad en las yemas de los dedos. Mientras eso sucede, estoy ofreciendo el sacrificio y el dolor a San Caralampio Bendito, por el perdón de mis pecados.

Más allá de la satisfacción que me genera el ir avanzando, aunque sea lentamente, el recuperar ese hobby ha abierto en mis rutinas cotidianas un espacio que modifica mi esquema mental; me cambia el chip, como dicen, y me permite incursionar en ese mundo maravilloso que es la música… aunque poco pueda aportar a su enriquecimiento.

A la fecha he logrado ejecutar (como sinónimo de tocar, no de liquidar) dos canciones; no voy tan mal. A este ritmo podré estar debutando en el 2040, o por allá. Tengo entonces un doble reto: luchar contra la ineptitud y contra el tiempo. Con suerte, para ese entonces estaré compitiendo contra Micky Jagger, quien ahora se ve como de ochenta años… pero baila como de 20. Me queda claro, Jagger es único e irrepetible. Quizá después me inscriba en alguna clase de baile, es cosa de pensarlo.

Gracias por permitirme compartir contigo esta experiencia, lector querido, cómprate una y nos reunimos a sufrir, digo a tocar.

Te abrazo.

 

German Reynaud Tello. Director

Licenciado en Derecho
Diplomado en Mercadotecnia
Egresado del Kellogg Executive Program, de la Northwestern University
30+ años de experiencia en medios impresos.

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