Y tú… ¿vives con culpa?

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Todos nos hemos sentido culpables en alguna ocasión en nuestras vidas. No soy experto en el tema, pero considero que nuestra cultura ha desarrollado todo un sistema de educación basado en la culpa.

Wikipedia define a la culpa como “Una experiencia desagradable que se experimenta al romper las reglas culturales, sean religiosas, políticas, familiares o del grupo al que se pertenece; o por el simple pensamiento de haber cometido esa transgresión.”

Hace algunos años leí que se preguntó a un grupo de jóvenes si consideraban que su estilo de vida y logros cubría las expectativas de sus padres, y la gran mayoría contestó que no. Esto me preocupó. Recuerdo que en ese momento les hice saber a mis hijos que podían estar seguros de que, en mi caso, yo estaba muy contento con su desempeño. Pero me quedé pensando cuál sería la razón para que los hijos pensaran de esa manera.

Creo que a muchos nos ocurre que queremos educar hijos perfectos: honestos, respetuosos, limpios, ordenados, puntuales, correctos en su trato con las personas. Pero, además: sensibles, solidarios, participativos, esforzados, positivos… y podría continuar hasta llenar la página de esta revista. Y esa idea es positiva… hasta cierto punto. Llevada a extremos, esta buena intención puede resultar en lo contrario de lo que se espera de ella. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que nadie es perfecto; ni puede, ni quiere serlo. Y ante la imposibilidad de cumplir, puede sobrevenir la desilusión y el abandono.

Cuando ocupaba la dirección comercial de una empresa, cada año me tocaba negociar con la dirección general el presupuesto. Como era una compañía exitosa, los incrementos para cada período subían y seguían subiendo. El razonamiento que nos ayudó a encontrar el justo medio, fue reconocer que cuando las metas son inalcanzables, su efecto motivador se revierte, y lleva al vendedor a declinar. Y lo mismo puede ocurrir con los hijos… y con los padres, y con cualquier rol que nos toque jugar. No existe el padre perfecto, ni el esposo perfecto; y lo mismo aplica para la madre y para la esposa, o bueno, la esposa perfecta sí existe, pues. Pero es la única excepción.

A lo único que estamos obligados es a desempeñar nuestro mejor esfuerzo.

En mi memoria está la ocasión en que, sentados en una banca de la parroquia de nuestra colonia, escuchábamos la charla del cura. Buen hombre él; lo conocíamos y nos conocía. Sin embargo, en su intención, quizá, de generar un mejor desempeño en nuestra tarea, nos cuestionó: “¿Quién de los presentes puede asegurar que es un buen papá?” Para entonces ya había nacido nuestra segunda hija, y mi esposa y yo nos esforzábamos por hacer las cosas bien… y no era fácil. Levanté la mano y le dije: “No puedo asegurarlo, pero sí puedo asegurar que estamos dejando la vida en el intento”. Me quedé pensando si tendría el cura una idea de lo que representa cuidar a un hijo las veinticuatro horas, los siete días de la semana. No le pregunté.

¿Y qué hacemos con la culpa? Creo que cuando las cosas no resulten como esperamos, será más fácil encontrar paz en nuestro interior si no hubo negligencia de nuestra parte. Y aún en el caso de que claramente hayamos fallado, lo importante es aprender la lección, y perdonarnos. Los seres humanos somos susceptibles de errar, pero también de mejorar.

Frente a una situación adversa lo adecuado es hacer un ejercicio honesto de reconocimiento, un propósito de mejora, y pasar página. La culpa es un pesado lastre que no nos conduce a mejores condiciones de desempeño. Al contrario.

 

Germán Reynaud Tello. Director

Licenciado en Derecho
Diplomado en Mercadotecnia
Egresado del Kellogg Executive Program, de la Northwestern University
30+ años de experiencia en medios impresos.

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